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Pongamos la bandera a media asta: Cuba ha muerto.

En mi casa, en Cuba, mi padre siempre procuró que yo aprendiera de memoria las principales capitales del mundo. Desde que tenía alrededor de diez años, aquello era como un pasatiempo. Papá señalaba el mapa y me preguntaba cuál era la capital de Indonesia, por ejemplo, y yo le respondía: «Yakarta». Papá siempre ha sido un apasionado de la geografía y, aunque no ha tenido la oportunidad de salir del país, es un hombre que puede cerrar los ojos, recorrer cualquier rincón del planeta y ofrecer datos geográficos e históricos de cada lugar sin moverse de un sillón.

Papá me acercó a los libros y me transmitió la pasión por las bibliotecas, lo que me llevó años después a estudiar bibliotecología: un pretexto para vivir entre libros, tal vez en el sitio en el que mejor me siento y donde soy menos vulnerable.

Esa pasión por el conocimiento en general —las bibliotecas fueron el internet durante miles de años de historia—, junto con la pasión por la geografía, me hizo comprender la importancia del tiempo y entender que las fronteras de Cuba no tenían nada que ver con las del mundo ni con las de la imaginación. Pero el tiempo en Cuba, como casi todas las cosas, es una abstracción. Los cubanos, por donde pasamos, dejamos estelas de abstracciones y conceptos; somos expertos explicadores de la realidad, mas no muy buenos viviéndola.

Años después, ya viviendo en Estados Unidos, me convencí de que el tiempo es el activo más valioso, precisamente porque no se recupera. Aquí, el tiempo es casi sinónimo de salario (para un cubano, esto es traumático), y es como si ese valor monetario de las horas que creías abstractas te obligara a poner los pies en la tierra y a respetar mucho más cada minuto de tu vida.

En los países subdesarrollados, muchas veces no nos damos cuenta de la verdadera dimensión de lo que esto significa. Para cualquier persona en esas circunstancias —y ni qué decir de una nacida en un país como Cuba, bajo la bota de la tiranía más larga y criminal de toda la historia de América— es imposible apreciar el peso existencial y pragmático del tiempo.

En el caso de Cuba, la vida de supervivencia a la que el sistema político comunista ha condenado al pueblo ha creado una barrera entre el individuo y la percepción del tiempo. Tal vez este haya sido el mayor crimen. En ese sentido, el poeta Heberto Padilla fue bastante contundente en los primeros versos de su poema «En tiempos difíciles»:

“A aquel hombre le pidieron su tiempo 

para que lo juntara al tiempo de la Historia”

La pregunta sería: ¿quién pagará por el crimen de haberle expropiado el tiempo de su vida a cada cubano durante más de seis décadas? Hablamos siempre de propiedad privada, de expropiación de tierras, casas y negocios, pero nadie se refiere al tiempo confiscado, a los años perdidos, al costo de oportunidad tan enorme que ha significado la llamada Revolución cubana para cada cubano. ¿Cuál es el costo de lo que han dejado de vivir los cubanos durante más de seis décadas? ¿Alguien tiene una respuesta para esto? ¿Puede alguien cuantificar ese costo?

Son demasiadas preguntas para responderlas en esta reflexión. La propaganda del sistema comunista en Cuba ha manipulado con tanta eficacia la percepción del tiempo por parte de los cubanos que hoy, en Cuba, la vida se valora muy poco. Se entiende el tiempo como una fuerza abstracta, inexistente, que pasa por encima de sus diminutas vidas; tal vez porque el régimen le ha hecho creer a la gente que el tiempo también es propiedad de los revolucionarios y que «dentro del conformismo, todo», porque es ahí donde existe la verdadera y única realidad.

Pero lo cierto es que el cubano está dejando de disfrutar el enorme espectro de oportunidades que ofrece el mundo en pleno siglo XXI. Muchos lo sospechan en medio de los apagones y las vicisitudes, pero cuando sales de Cuba te das cuenta de que, entre la realidad y lo que imaginabas que era el mundo, está el balance del tiempo perdido dentro de una sociedad cerrada.

Una amiga escritora me contaba que, cada vez que regresaba a Cuba, era como si el avión descendiera en un agujero negro donde el espacio y el tiempo adquirían una extraña dimensión. No lo comprendí hasta que pude salir de Cuba y, en cierta ocasión, volver para constatar la existencia de ese mundo de gente desviviéndose entre penurias y ausencias.

Cuando en Cuba se tenga una visión más pragmática del tiempo, será cuando lloraremos la historia. ¿Por qué? ¿Cómo estar de luto por un tiempo perdido e imposible de recuperar? Tendremos que poner las banderas a media asta hasta que un día deje de doler tanta desidia.

José Rey Echenique

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