Estimados militares de Cuba:
Les escribo con el peso de una nación en el pecho. Les escribe a un pueblo que no odia, pero que ya no puede callar. Les escribe Cuba —esa misma Cuba por la que ustedes juraron servir— en horas de oscuridad e incertidumbre.
Han pasado más de seis décadas y el país que se prometió construir no es el país que hoy existe. Hoy hay hambre, carencias que humillan, apagones que apagan mucho más que la luz, hospitales sin recursos, familias rotas, y una desesperanza que se ha vuelto cotidiana. Miles han tenido que irse; y no se van por capricho: se van porque en su propia tierra no encuentran libertad, ni futuro, ni dignidad. Cuba se nos ha quedado vacía de brazos, de jóvenes, de talentos; se nos ha quedado llena de ausencias.
Y ante este dolor, la pregunta inevitable es simple y brutal:
¿Para qué tanto sacrificio?
Si el mismo camino nos trajo hasta aquí, insistir en él sólo prolonga la herida. La realidad —no los discursos— demuestra que el Estado ha dejado de funcionar para la vida de la gente. Y cuando un país ya no puede garantizar lo esencial —pan, medicina, esperanza, verdad— se parece demasiado a un naufragio.
Hoy Cuba está endeudada, descapitalizada y sin credibilidad ante el mundo. Pero el peor déficit no es económico: es humano. Es el déficit de confianza, de fe, de futuro. Es el déficit de un pueblo que siente que su propio Estado le da la espalda.
Por eso esta carta no es para acusarlos: es para despertarlos.
Ustedes, militares, no nacieron de una ideología: nacieron del pueblo. Visten un uniforme, sí; pero debajo de ese uniforme hay hijos, padres, esposas, hermanos, vecinos. Ustedes también hacen colas. Ustedes también tienen familia. Ustedes también saben —en silencio, quizá— lo que está pasando.
Y entonces, otra pregunta cae con fuerza:
¿A quién protegen cuando reprimen a un cubano?
¿A la Patria… o a una cúpula?
Cuando se pone una doctrina por encima de la vida, cuando se exige obediencia por encima de la conciencia, cuando se normaliza el miedo como forma de gobierno, se está empujando a la nación hacia un abismo. Y ustedes lo saben: un país no se sostiene con consignas, se sostiene con justicia; no se salva con amenazas, se salva con dignidad.
No es un embargo el que explica el sufrimiento diario de nuestros niños, nuestras madres, nuestras mujeres, nuestros ancianos. Hay algo más íntimo y devastador: una guerra de desgaste contra la población civil, una maquinaria que castiga la palabra, que persigue la protesta, que criminaliza el hambre cuando se atreve a gritar.
Y en medio de todo eso, Cuba les pide lo que nadie puede ordenar desde fuera:
Pongan la mano en el corazón.
Recuerden el sentido verdadero del uniforme: no es para intimidar al indefenso; es para protegerlo. No es para sembrar terror; es para garantizar la tranquilidad. No es para convertir al ciudadano en enemigo; es para reconocerlo como lo que es: la razón de ser de la nación.
Detengan la violencia moral, psicológica y física contra el pueblo. No acepten más órdenes que conviertan a la calle en campo de batalla, ni a la familia cubana en sospechosa, ni a la verdad en delito. No sigan siendo instrumentos del miedo.
Porque hay un momento en la historia —y este es uno— en el que la obediencia deja de ser disciplina y se convierte en complicidad.
Aún están a tiempo.
Aún pueden escoger el lado correcto: el lado del pueblo.
Y no les pedimos venganza. Les pedimos humanidad. Les pedimos que ayuden a abrir un camino de paz, donde Cuba vuelva a pertenecer a todos los cubanos, donde nadie tenga miedo de hablar, donde regresar no sea una amenaza, donde vivir no sea una condena.
Esta carta es un llamado a la vida. A la vida de cada niño que merece leche y escuela sin adoctrinamiento. A la vida de cada anciano que merece medicamentos y respeto. A la vida de cada madre que no debería acostarse con el corazón apretado por el futuro de sus hijos. A la vida de un país que ya no puede seguir respirando a medias.
Estimados militares:
La historia no recordará los gritos de una consigna.
Recordará el silencio de quienes pudieron evitar el dolor y no lo hicieron.
Y recordará, con respeto, a quienes se atrevieron a decir: “Basta”.
Si hoy eligen defender al pueblo, no estarán traicionando a Cuba: estarán rescatándola. Estarán honrando el uniforme, el deber y la conciencia. Estarán devolviéndole sentido a la palabra “Patria”.
Que no los mueva el miedo. Que los mueva la vida.
Porque la vida también es Patria.
Con respeto, con dolor y con esperanza:
Gracias, en nombre del pueblo de Cuba.
