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La visita del Director de la CIA a Cuba: otra vuelta de tuerca en el ajedrez del Caribe

La visita del Director de la CIA a Cuba: otra vuelta de tuerca en el ajedrez del Caribe

La visita del Director de la CIA, John Ratcliffe, a Cuba, es sin dudas Otra vuelta de tuerca, (y parafraseo el título de la estupenda novela de Henry James), en el tema cubano.
Porque la reciente visita del alto funcionario a La Habana, no fue una mera excursión turística al Malecón, ni una peregrinación cultural para descubrir las bondades del guarapo cubano. Aquello tuvo más olor a sala de interrogatorios y alfombra diplomática mojada que a intercambio cordial entre vecinos tropicales.

Según el algoritmo geopolítico que históricamente ha utilizado Estados Unidos para “higienizar” de tiranos el hemisferio occidental, esta jugada normalmente habría llegado después de sacar alguna piedra incómoda del zapato regional, como ocurrió recientemente con Nicolás Maduro, el aprendiz tardío del castrismo tropical. Sin embargo, en el caso cubano, pareciera que Washington decidió poner la carreta delante de los bueyes. Y la pregunta que flota en el aire cubiche es simple: ¿halará la carreta… o terminará enterrada en el fango de la burocracia revolucionaria?

No hace falta ser un veterano de Langley para entender que Ratcliffe no aterrizó en La Habana para repartir buenas nuevas del Evangelio ni para auditar cajitas humanitarias en Cáritas. El recorrido político y profesional del hombre habla por sí solo. Abogado texano, metodista, exalcalde de la pequeña ciudad de Heath, Texas —que, dicho sea de paso, conozco bastante bien—, Ratcliffe ganó en 2014 un escaño en la Cámara de Representantes por el Distrito 4 de Texas y fue reelegido posteriormente. Su ascenso definitivo ocurrió cuando se enfrentó públicamente a figuras vinculadas a las investigaciones contra Donald Trump, entre ellas Robert Mueller. Aquello lo catapultó al puesto de Director Nacional de Inteligencia en 2020 y, finalmente, a dirigir la CIA en 2024.

Traducido al español caribeño: el hombre no llegó a Cuba a tomar café.

Y es precisamente ahí donde comienza el verdadero juego.

Porque cuando alguien como Ratcliffe se sienta frente a los viejos zorros del espionaje cubano, uno puede imaginar que sobre la mesa aparecieron carpetas bastante más pesadas que los discursos del Noticiero Nacional. Es difícil pensar que no se discutieran temas como la presencia de infraestructura china y rusa en la isla; las sospechas históricas sobre bases de espionaje; los famosos “ataques sónicos” contra diplomáticos estadounidenses; o incluso viejos expedientes jamás cerrados, como el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996.

Y aquí viene la parte interesante: al director de la CIA no se le duerme con marugas ideológicas ni con discursos reciclados de la Guerra Fría. El libreto revolucionario, que durante décadas funcionó relativamente bien ante micrófonos dóciles y periodistas complacientes, empieza a parecerse a una cinta VHS intentando competir contra inteligencia artificial y redes sociales.

En asuntos relacionados con la CIA, además, la especulación siempre encuentra buffet libre. Y eso deja más preguntas que respuestas.

¿Hubo intercambio de nombres?
¿Se discutieron agentes, operaciones, favores cruzados?
¿Existió algún tipo de quid pro quo caribeño, ese clásico “dame que yo te doy” con aroma a tabaco y secretos de Estado?

Probablemente pase tiempo antes de conocer qué ocurrió realmente detrás de aquellas puertas cerradas en La Habana. Pero sí hay algo evidente: el régimen cubano llegó a esa reunión en una posición de debilidad pocas veces vista en seis décadas. Seguramente, a los 5 espías de la Red Avispa, liberados por Obama, se les detuvo la digestión al enterarse de la presencia del Director de la CIA en La Habana. (Nota al margen)

La Cuba actual no es la de los años sesenta ni la de los subsidios soviéticos. Hoy el país tiene un Raúl Castro de 94 años; una economía prácticamente descapitalizada; una infraestructura eléctrica que parece sostenida con cinta adhesiva y rezos; y una población agotada por apagones, hambre e insalubridad. Si antes las cuentas nacionales estaban en números rojos, ahora directamente están en ultravioletas.

Y lo más grave para el poder: la narrativa revolucionaria ya no emociona ni convence. Aquella promesa de construir “la sociedad más justa del continente” terminó convertida en colas interminables, edificios derrumbados y jóvenes escapando en cuanto encuentran un hueco en el mapa.

La gran pregunta, entonces, no es si Cuba cambiará. La verdadera incógnita es quién pagará la factura histórica de ese cambio.

Porque apenas Ratcliffe puso un pie en la escalerilla del avión de regreso a Washington, comenzó a circular nuevamente la posibilidad de acciones judiciales relacionadas con el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate. Y ahí aparece otra sombra pesada sobre el apellido Castro.

Cuba, para bien o para mal, siempre fue un país de caudillos. Fidel Castro construyó durante décadas una imagen cuidadosamente cultivada de redentor continental. Lo logró por algún tiempo, entre otras cosas, porque vivió en una época sin smartphones, sin TikTok y sin millones de ciudadanos grabando la realidad desde sus bolsillos, y luego envejeció delante de las cámaras y la gente en Cuba vio que el lobo no era tal lobo, sino un ancianito más, con dieta líquida. Raúl heredó aquella leyenda y gobernó bajo la sombra protectora del mito. Pero Miguel Díaz-Canel jamás tuvo ese privilegio.

Hoy en Cuba ya no hay caudillos. Y, quizá más importante aún, ya no hay dinero para fabricarlos.

Las redes sociales, el internet y la inteligencia artificial demolieron el monopolio narrativo que antes sostenía a muchos regímenes. El mundo cambió demasiado rápido para estructuras políticas diseñadas a mitad del siglo pasado.

Y aquí aparece otro elemento que inquieta a muchos observadores: la renovada visión hemisférica de Trump, una especie de Doctrina Monroe 2.0 con esteroides electorales. Bajo esa lógica, Washington difícilmente aceptaría una isla colapsando a 90 millas de sus costas mientras China y Rusia amplían influencia estratégica en el Caribe.

Incluso algunos analistas especulan —porque en geopolítica especular es casi un deporte olímpico— que recientes encuentros entre Xi Jinping y altos funcionarios estadounidenses pudieron incluir conversaciones indirectas sobre esferas de influencia: Taiwán por un lado del tablero; Cuba por el otro. Difícil saberlo. Pero en política internacional, las coincidencias suelen ser primas hermanas de las negociaciones.

En cualquier caso, las próximas semanas podrían aclarar parte del ajedrez. O complicarlo aún más. Porque Cuba parece acercarse a uno de esos momentos históricos en los que todos sienten que algo grande está ocurriendo… aunque nadie logre explicar todavía exactamente qué es.

Lo que sí parece evidente es que el inmovilismo ya no tiene oxígeno suficiente para sostenerse eternamente.

Y aunque lo que venga probablemente no sea una solución mágica ni instantánea, cuesta creer que pueda resultar peor que la larga agonía psicológica que ha vivido el pueblo cubano durante más de seis décadas. La realidad actual ya nos permite un poco tocar con la punta de los pies las aguas tibias del optimismo, antes de meternos la zambullida total. 

El tiempo, como siempre, terminará dictando sentencia.

José Rey Echenique

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