Estamos, quizá, a las puertas de que la libertad de Cuba deje de ser una consigna repetida en discursos, sobremesas y grupos de WhatsApp, para convertirse en un acontecimiento real por primera vez en 67 años. Y, sin embargo, buena parte de la comunidad cubana —sobre todo la que vive fuera de la isla— no parece estar todavía a la altura del momento. Como diría Les Luthiers, estamos “pensando fuera del recipiente”.
El debate ya no gira únicamente en torno a cómo salir del régimen, sino a algo mucho más complejo: cómo construir un país después de la dictadura. Es decir, cómo se levanta una nación cuando durante décadas le enseñaron a caminar en círculos, siempre alrededor del mismo retrato, la misma consigna y el mismo desastre con uniforme verde olivo.
La libertad de Cuba puede llegar por muchas vías: por una acción militar de Estados Unidos, por negociaciones, por cansancio histórico o, incluso, por puro aburrimiento marxista. Porque también puede ocurrir que hasta la propia dictadura termine cansada de repetirse a sí misma.
A medida que la luz al final del túnel se vuelve menos espectral y más concreta, el debate crece. Y con él, el hormiguero se alborota. En esencia, los cubanos nos acostumbramos a imaginar la libertad como algo lejano, casi literario. Pero tenerla cerca —o al menos sentirla posible— nos obliga a una prueba mucho más difícil: demostrar capacidad de resolución, responsabilidad y voluntad política.
Porque una cosa es hablar de libertad en los libros, en los cafés, en los podcasts y en las redes sociales; y otra muy distinta es enfrentarse al trabajo monumental de encarrilar un país después de seis décadas de pachanga, irresponsabilidad revolucionaria y administración de solar ideológico.
¿Qué hacer con el PCC?
En los últimos días ha surgido una pregunta inevitable: ¿qué debería hacerse con el Partido Comunista de Cuba una vez que la isla sea libre?
La mayoría de los cubanos coincide en que el PCC debe ser disuelto. Y no solo disuelto: consideran que no debería tener espacio legal en una Cuba democrática. Otros, más cercanos al bienquedismo europeo de estirpe socialista, defienden que debería permitirse su existencia en nombre del pluralismo político y del respeto a todas las ideas.
Y es aquí donde vale la pena detenerse.
Los cubanos, cuando nos da por ser moderados, a veces parecemos seminaristas suecos; pero cuando nos da por ser religiosos, somos inquisidores tropicales. No nos gustan las medias tintas. O café fuerte, o agua sucia: pero tibio, nunca.
He leído muchos criterios sobre este tema, y resulta sorprendente la falta de conocimiento que todavía existe sobre el propio comunismo que ha esclavizado a Cuba durante más de seis décadas.
El comunismo, como utopía, pretendía ser el resultado final de la teoría económica marxista aplicada de forma “científica”. En ese paraíso prometido, la gente ni siquiera tendría necesidad del dinero para vivir una vida plena. Todo sería abundancia, igualdad y felicidad colectiva. En otras palabras: Disneylandia sin Mickey, pero con comité de vigilancia.
Pero el marxismo no podía quedarse solamente en lo económico. Necesitaba una justificación histórica, una especie de andamiaje filosófico con perfume hegeliano. Así surgieron el materialismo histórico y el materialismo dialéctico: estructuras supuestamente científicas destinadas a sostener el edificio del embuste, como si la historia obedeciera leyes exactas y la humanidad fuera una ecuación de pizarra.
El resultado fue una catástrofe.
El comunismo real dejó sociedades destruidas, generaciones traumatizadas, economías arruinadas y millones de víctimas. Desde Lenin hasta Stalin, desde Mao hasta Pol Pot, desde Fidel Castro hasta tantos otros aprendices de redentor con vocación de verdugo, la promesa de igualdad terminó casi siempre en represión, hambre, vigilancia y cementerios.
El marxismo: una religión con bata de laboratorio
El marxismo es, a estas alturas, un delirio que casi no vale la pena refutar. Desde que Carlos Marx lo formuló, ha tenido tantos críticos como enterradores. Sus errores son numerosos, pero en pleno siglo XXI, con inteligencia artificial, economía global, datos, mercados abiertos y sociedades interconectadas, pretender reformar un sistema fallido en su raíz resulta, como mínimo, una soberana idiotez.
La práctica está delante de nuestros ojos.
Los manuales de marxismo fueron la guía ideológica con la que se intentó dirigir la vida de los cubanos y fabricar al famoso “Hombre Nuevo”. Ese hombre nuevo, por cierto, terminó siendo un ciudadano viejo antes de tiempo: vigilado, cansado, dependiente, desconfiado y haciendo colas para comprar pollo.
Aquellos manuales eran una mezcla de estatutos pseudocientíficos, dogmas políticos y literatura de almacén soviético. Mucha palabrería, muchas flechas en los esquemas, muchos obreros sonrientes en las ilustraciones, pero al final: libreta de abastecimiento, apagones y miedo.
Dicho esto, cabe preguntarse: ¿todavía vale la pena perder tiempo en aventuras ideológicas que han demostrado ser destructivas durante más de 60 años?
El PCC no es un partido político común
Uno de los errores más frecuentes consiste en tratar al PCC como si fuera una organización política normal. No lo es.
El Partido Comunista de Cuba no funciona como un partido democrático que compite por votos, presenta programas y acepta perder elecciones. El PCC es una estructura de control. Una organización de combate. Un mecanismo diseñado para penetrar la sociedad, vigilarla, moldearla, domesticarla y, cuando sea necesario, aplastarla.
En El Soviet Caribeño, César Reynel Aguilera lo explica con claridad al describir los distintos niveles de este tipo de estructuras: aparatos de inteligencia y contrainteligencia, comisiones militares, organizaciones clandestinas, partidos políticos, organizaciones de base, sindicatos, entramados empresariales y financieros, y organizaciones sociales.
Dicho de otro modo: el PCC no es un partido; es una telaraña.
Y una telaraña no se reforma: se desmonta.
Por eso recomiendo leer ese libro. Ayuda a entender que la Revolución Cubana no fue simplemente un proyecto político fallido, sino un sistema de ocupación interna que terminó convirtiéndose en involución nacional.
Cuba tiene derecho a defenderse del comunismo
Los cubanos, después de 67 años de experiencia directa, contamos con uno de los expedientes históricos más completos del horror comunista. No necesitamos que nos expliquen el comunismo en conferencias europeas con café orgánico y mirada culpable. Lo vivimos. Lo padecimos. Lo enterramos en familiares, amigos, exilios, cárceles, hambre y silencio.
Por eso, no solo tenemos razones para prohibir el Partido Comunista en una Cuba futura; también tenemos la autoridad moral para advertir al mundo sobre los peligros del comunismo y del socialismo cuando se convierten en instrumentos de poder totalitario.
Y no debemos sentir vergüenza por ello solo porque esa postura no suene muy elegante en ciertos salones europeos. Cada nación tiene derecho a reconstruirse según su experiencia histórica. Alemania no se disculpa por prohibir el nazismo. Cuba no tendría por qué disculparse por impedir el regreso legal del comunismo totalitario.
La democracia no está obligada a abrirle la puerta a quienes quieren destruirla desde adentro. La tolerancia política no puede convertirse en suicidio institucional.
Pragmatismo, riqueza y libertad
Para ser libres de verdad, los cubanos debemos entender algo fundamental: solo el pragmatismo puede darle a una sociedad la capacidad de generar riqueza, estabilidad y prosperidad.
Cuba no necesita más utopías. Ya tuvimos suficientes. Nos prometieron el paraíso y nos entregaron una oficina de trámites sin aire acondicionado.
La nación necesita instituciones, propiedad privada, seguridad jurídica, separación de poderes, libertad de prensa, mercado, inversión, educación moderna y una cultura política basada en resultados, no en consignas.
El federalismo estadounidense puede ser un ejemplo valioso. No porque Estados Unidos sea perfecto —ningún país lo es—, sino porque allí muchos cubanos aprendimos en la práctica lo que significa vivir en una sociedad libre: trabajar, emprender, disentir, prosperar y no pedir permiso para pensar.
Europa, al menos en este siglo XXI, no siempre ofrece buenas lecciones. En demasiados casos ha confundido compasión con debilidad, justicia social con burocracia y pluralismo con ingenuidad. El socialismo no ha funcionado casi en ninguna parte del mundo, y los cubanos somos una de sus vitrinas más dolorosas.
Comunismo, fascismo y totalitarismo
El comunismo es un sistema tan totalitario como el nazismo o el fascismo. Todos prometieron redención colectiva. Todos hablaron de igualdad, destino histórico, sacrificio y futuro luminoso. Todos terminaron sometiendo al individuo en nombre de una causa superior.
El PCC, en particular, no es una simple organización política. Es una maquinaria de control presente en cada nivel de la sociedad. Enferma las instituciones, contamina el lenguaje, destruye la confianza entre ciudadanos y convierte la libertad individual en sospecha.
Por eso, en una Cuba futura, la discusión no debería girar alrededor de si el comunismo merece otra oportunidad. Ya la tuvo. Durante 67 años. Con todo el poder, todos los recursos, todas las armas, todas las escuelas, todos los periódicos, todos los micrófonos y todos los permisos.
Y fracasó.
No fracasó por falta de tiempo.
No fracasó por bloqueo mental ajeno.
No fracasó porque “no se aplicó bien”.
Fracasó porque estaba mal desde el principio.
Cuba no necesita volver a experimentar con el veneno para confirmar que mata. Necesita libertad, ley, memoria y futuro. Y, sobre todo, necesita dejar de pensar fuera del recipiente para empezar, por fin, a construir un país fuera de la jaula.
José Rey Echenique
