Los de afuera también pagamos la cuenta
He pasado casi once años mandando dinero a mi familia en Cuba. Como yo, lo han hecho millones de cubanos desde distintos países; países a los que tuvimos que emigrar no por turismo espiritual, ni por una súbita pasión por los aeropuertos, sino para sobrevivir y ayudar a los que quedaron detrás.
La mayoría de los que dejamos Cuba no la tuvimos fácil, como muchos dentro de la isla suelen creer. El destierro, durante mucho tiempo, fue una forma de condena para quienes decidían rebelarse contra el poder imperante en sus naciones. Los cubanos tuvimos un ejemplo cercano y doloroso: José Martí, quien fue deportado a España siendo apenas un joven, y solo volvió a Cuba en 1895, más de dos décadas después, para morir en Dos Ríos.
Hay destinos que no necesitan barrotes para parecer una prisión.
Emigrar también es una forma de destierro
De alguna manera, emigrar tiene algo de destierro, al menos en lo psicológico. Lo tiene en la separación, en el desarraigo, en esa sensación de vivir con la mitad del cuerpo en un país y la otra mitad atrapada en una memoria.
Cuando emigras eres, en cierta forma, un ser a medias: con asuntos pendientes, futuro a medias, sueños a medias y deseos también partidos por la mitad. Eres un ser en vilo, sobreviviendo en un país que no entiendes del todo, hablando una lengua llena de acentos raros, formularios incomprensibles y facturas que llegan con la puntualidad de un francotirador administrativo.
Los hijos pequeños que dejaste detrás te verán, con el tiempo, como a un extraño. Recordarán apenas algunos flashazos de tu persona: una voz por teléfono, una videollamada pixelada, una foto vieja, una promesa de regreso que la realidad se encargó de posponer.
Las parejas y las familias se rompen porque los amores por control remoto son una mentira cibernética. Una videollamada puede mostrar una cara, pero no reemplaza un abrazo. No podrás dar ese último abrazo a los que amas. No podrás atender tus muertos. Te perderás cumpleaños, bodas, graduaciones, despedidas y vacaciones. No estarás en las fotos familiares, o estarás como esos fantasmas modernos: mencionado en los comentarios, pero ausente en la imagen.
La Cuba de adentro y la Cuba de afuera
En Cuba, las vicisitudes son incuestionables y extremas. Hay apagones que ya no sorprenden a nadie, aunque deberían. Hay un colapso de los servicios elementales que ni siquiera la propaganda del Partido Comunista puede esconder sin que se le vean las costuras.
Pero los que estamos “afuera”, aunque tengamos cubiertas ciertas necesidades básicas, cargamos también con otro peso: sostener una economía doméstica en un país que antes solo veíamos en las películas del sábado.
Un país donde detrás de cada emoción puede venir una consecuencia legal, laboral o financiera. Un país real, de gente real, con cuentas reales. Porque aquí la libertad existe, sí, pero también llega el recibo de la luz, el seguro del carro, la renta, los impuestos y ese correo del banco que uno abre con la misma fe con que se abre una citación judicial.
Los que están dentro de Cuba, cuando conozcan la libertad, entenderán lo que significa ser responsables de sus propias existencias. Comprenderán que el Estado no es esa madre nodriza que nos pintó la propaganda comunista, sino una maquinaria que muchas veces te abraza solo para revisarte los bolsillos.
El derecho de opinar desde lejos
Tal vez, cuando llegue ese tiempo de libertades, muchos entiendan por qué los cubanos de afuera tenemos todo el derecho de opinar sobre los temas políticos de Cuba.
Porque, aunque suene horrible —y los escritores estamos entrenados para decir las cosas horribles que la corrección política intenta maquillar con perfume barato—, los cubanos del exterior hemos sido también explotados y extorsionados.
El régimen se ha nutrido durante años del chantaje emocional que subyace detrás de las remesas. Cada dólar que sale de un bolsillo en Miami, Madrid, Houston, Tampa, Ciudad de México o cualquier rincón del mundo, no viaja solo: lleva horas de trabajo, cansancio, renuncias, turnos dobles, deudas, culpa y amor.
El costo de oportunidad para un cubano en el exterior que envía miles de dólares a Cuba durante años es una contabilidad que muy pocos se han detenido a hacer. Porque no se trata únicamente del dinero enviado. Se trata de lo que no se compró, de lo que no se invirtió, de lo que no se ahorró, de lo que no se vivió.
Se trata de los años hipotecados emocionalmente.
La remesa como chantaje sentimental
Muchas familias cubanas se han adaptado a que la extorsión forme parte de la normalidad emocional. Algunos cubanos aquí apenas logran mantenerse con un solo trabajo. Después de pagar las cuentas, mandan dinero a Cuba. Y, sin embargo, solo serán buenos mientras el dinero siga llegando con normalidad.
No hablo de todos, por supuesto. Generalizar siempre es una imprudencia, y además queda feo, como discutir en chancletas durante una conferencia académica. Pero en demasiadas familias cubanas el tema central gira alrededor del familiar en el exterior.
Se construyen sueños, expectativas y futuros contando con las remesas, sin saber los sacrificios que muchos hacen fuera de Cuba para poder pagar sus propias cuentas. A veces, el pariente emigrado se convierte en una especie de cajero automático con nostalgia, una institución financiera con sentimientos.
Y cuando el cajero automático se demora, se rompe la poesía.
También hemos pagado el derecho a hablar
Por tanto, los cubanos del exterior tenemos derecho a hablar “desde lejos”, porque ese derecho lo hemos pagado con la moneda más poderosa del mundo: el dólar; y con otra moneda todavía más cara: el tiempo.
Tenemos derecho a decir lo que pensamos sobre Cuba. Derecho a advertir sobre la propaganda del régimen. Derecho a insistir en que la libertad no se mendiga eternamente desde una cola, ni se espera sentado mientras el país se apaga, literalmente, por zonas.
Recientemente, he sido atacado en redes sociales —incluso por personas que se decían amigas, pero que en un arrebato de pánico político son capaces de firmar un pacto hasta con las fuerzas del mal, si estas les prometen estabilidad emocional— por asuntos relacionados con este tema.
Sin embargo, como escritor, soy relativamente inmune a los haters. Los que publicaron libros antes de la era de la inteligencia artificial entienden bien lo que significa la crítica. Cuando un editor o corrector feroz te despalilla un libro, no queda más remedio que desarrollar fortaleza espiritual y aceptar los errores.
Esa es una de las grandes enseñanzas de escribir: aprender a decir, sin morirse en el intento: “Me equivoqué. Esto no sirve. Esto hay que arreglarlo”.
Y créanme: esa frase debería enseñarse también en política.
El precio invisible del exilio
Lo peor de todo es que, cuando Cuba sea libre y el tiempo pase, muchos de los sacrificios que hemos hecho los de afuera seguramente caerán en el olvido.
Nuestros hijos pequeños quizá no entiendan por qué los dejamos en el momento más importante de sus vidas. No entenderán que nos fuimos buscando darles un futuro mejor. No entenderán que detrás de cada ausencia hubo una intención noble, aunque la nobleza no siempre alcance para curar una herida.
El tiempo, el activo más valioso del mundo, es valioso precisamente porque no se recupera. Cuando Cuba sea libre, el tiempo separado de nuestros seres queridos no lo compensará el dinero, ni un Mercedes-Benz de lujo, ni una casa de seiscientos mil dólares.
Nada compensa del todo el destierro. Nada compensa del todo el exilio. Nada compensa esa vida partida entre lo que uno fue, lo que intenta ser y lo que dejó esperando en una isla.
Nosotros, los de afuera, tenemos todas las de perder en este ajedrez de la separación que ha marcado la historia reciente de Cuba.
Y aun así, seguimos jugando.
Seguimos trabajando.
Seguimos mandando.
Seguimos opinando.
Seguimos esperando.
Porque Cuba, aunque nos haya expulsado de tantas maneras, todavía nos duele como una casa propia.
José Rey Echenique
