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Cuba, drones y mariposas en el estómago: crónica de una muerte que todavía no firma el certificado


Cuba, drones y mariposas en el estómago: crónica de una muerte que todavía no firma el certificado

Gabriel García Márquez debería haber estado vivo en estos días para escribir una nueva versión de Crónica de una muerte anunciada, pero aplicada a los acontecimientos actuales en Cuba. Solo habría que cambiar el pueblo caribeño, el cuchillo de los hermanos Vicario y la fatalidad literaria por La Habana, drones militares y varios funcionarios del régimen mirando el techo como quien espera que el destino se equivoque de dirección.

Después de la visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a La Habana —visita que algunos podrían llamar diplomática y otros, con menos poesía, una visita de médico forense con certificado de defunción anticipado— quedaron muchas preguntas suspendidas en el aire. Pero con el nuevo artículo de Axios, titulado “Exclusive: U.S. eyes attack-drone threat from Cuba”, las dudas comienzan a despejarse. Y no precisamente como se despeja una tarde de domingo, sino como se despeja una habitación cuando alguien anuncia que hay una fuga de gas. 

La traducción del título no necesita demasiada gimnasia intelectual: “Exclusiva: EE. UU. vigila la amenaza de drones de ataque desde Cuba.” Más claro, ni el agua filtrada por el Comité Central. Según Axios, Estados Unidos estaría monitoreando una posible amenaza vinculada a la adquisición cubana de más de 300 drones militares, supuestamente suministrados por Rusia e Irán desde 2023. El reporte añade que inteligencia clasificada apuntaría a conversaciones dentro del aparato militar cubano sobre posibles ataques contra la base estadounidense en la Bahía de Guantánamo, buques militares de EE. UU. e incluso Key West, Florida, a solo 90 millas de La Habana. 

¡What!? —diría uno, antes de tomarse un café fuerte y revisar si leyó bien.

Me tomé la libertad de traducir el asunto al español para evitar pedanterías innecesarias, aunque reconozco que hay frases que en inglés suenan menos peligrosas, como si vinieran con aire acondicionado. Pero la pregunta sigue ahí, sentada en la sala: ¿qué significa todo esto?

A ciencia cierta, es imposible responder. En temas de inteligencia, seguridad nacional y operaciones encubiertas, el ciudadano común apenas puede practicar un deporte olímpico muy popular en tiempos de crisis: especular con cierta elegancia. Pero cuando uno mira los antecedentes, el método y las señales acumuladas, comienza a formarse una silueta que, aunque todavía borrosa, ya tiene suficiente forma como para no confundirla con un florero.

Si tomamos como referencia la metodología reciente de la administración Trump para “higienizar” de tiranos el hemisferio occidental —perdónenme el término clínico, pero hay regímenes que parecen requerir desinfección profunda—, no resulta descabellado preguntarse si la Casa Blanca está construyendo una arquitectura legal parecida a la usada en la extracción de Nicolás Maduro en Venezuela.

Aquí entran en escena dos títulos que suenan aburridos, pero que en la práctica pueden pesar más que un discurso de ocho horas en la Plaza de la Revolución: el Título 10 y el Título 50 del Código de Estados Unidos.

Desde una lectura jurídica estadounidense —aclaro que no soy jurista, ni ocho cuartos, y que esta información es pública—, el Título 10 se relaciona con el marco legal de las Fuerzas Armadas. Es decir, autoriza, organiza y regula el uso de unidades militares, fuerzas especiales, medios navales, aéreos, logística, cadena de mando y reglas operacionales. En lenguaje de cocina: es la parte que pone el músculo, los helicópteros, los comandos y la capacidad de entrar y salir de un lugar hostil sin pedir permiso al portero. 

El Título 50, en cambio, entra en el terreno de la inteligencia y las acciones encubiertas. Bajo 50 U.S.C. § 3093, una “covert action” requiere una determinación presidencial cuando se busca influir en condiciones políticas, económicas o militares en el extranjero y se pretende que el papel de Estados Unidos no sea evidente o reconocido públicamente. También exige informar a los comités de inteligencia del Congreso, aunque permite notificaciones restringidas en circunstancias extraordinarias. 

Dicho de forma menos soporífera: el Título 50 prepara la sombra; el Título 10 mueve el martillo. Uno localiza, infiltra, escucha, coordina y protege fuentes. El otro ejecuta, despliega, extrae y asegura el terreno. Si esto fuera una película, el Título 50 escribiría el guion detrás de la cortina, y el Título 10 aparecería en pantalla cuando ya no queda tiempo para los diálogos largos.

En el caso de Maduro, la operación fue presentada oficialmente como una misión conjunta militar y de aplicación de la ley, con participación de fuerzas especiales y coordinación con agencias de inteligencia. El Departamento de Defensa describió la operación como resultado de meses de planificación, ensayo y trabajo interagencial. Esa combinación ayuda a entender por qué muchos analistas hablan de una estructura híbrida: inteligencia para preparar y ocultar; fuerza militar para ejecutar.

¿No empieza a pintar algo parecido a lo que pudiera estar ocurriendo con Cuba?

Una de las semejanzas posibles es el componente penal. Maduro ya había sido acusado en 2020 en Estados Unidos por cargos vinculados al narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y armas; en agosto de 2025, el Departamento de Justicia anunció una recompensa de 50 millones de dólares por información que condujera a su arresto. Eso permitía presentar la operación no simplemente como “cambio de régimen”, sino como la captura de un acusado federal para ponerlo ante una corte estadounidense.

Con Cuba, el Departamento de Justicia estaría preparando una acusación contra Raúl Castro relacionada con el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996. Si esa acusación finalmente se hace pública, la lectura política y jurídica cambiaría de temperatura. Ya no estaríamos sólo ante sanciones, discursos, advertencias o visitas tensas, sino ante una posible narrativa penal con consecuencias operativas.

Por eso la visita de Ratcliffe a La Habana no debe leerse como una excursión tropical ni como un intercambio de cortesías diplomáticas sobre el café. Associated Press reportó que el director de la CIA se reunió el 14 de mayo de 2026 con altos funcionarios cubanos, incluidos representantes del aparato de seguridad, en un contexto de fuerte tensión bilateral. En buen cubano: nadie cruza el charco para hablar del clima, de la malanga o de la nostalgia de Varadero.

La pregunta clave es si Ratcliffe fue a advertir, a negociar, a medir nervios o a dejar sobre la mesa una última oportunidad antes de que otros departamentos empiecen a hablar con menos palabras y más procedimientos. Axios, por su parte, sostiene que la inteligencia sobre drones podría convertirse en un elemento relevante dentro de la discusión sobre una posible acción militar estadounidense, aunque también señala que las agencias no consideran que exista una amenaza inminente en este momento. 

Ese detalle es importante. No estamos ante una certeza, sino ante una señal. Y en política internacional las señales son como los síntomas en medicina: no siempre significan que el paciente está grave, pero si se acumulan demasiadas, conviene no recetar manzanilla.

La relación del régimen cubano con Rusia e Irán tampoco ayuda a bajar la fiebre. Si las informaciones de Axios son correctas, cualquier vínculo militar con Teherán en el contexto actual puede ser más contagioso que el sarampión. Y ya sabemos que hay contagios que no se curan con propaganda ni con una mesa redonda de emergencia.

En La Habana, imagino, más de un funcionario debe estar repasando su agenda, su pasaporte y la ubicación exacta de sus parientes discretamente instalados fuera de la isla. Porque cuando un régimen lleva décadas jugando al ajedrez geopolítico con piezas prestadas, llega un momento en que descubre que el tablero no era suyo y que el árbitro tampoco estaba dormido.

No tenemos una bola de cristal para emitir verdades absolutas. Tampoco conviene convertir cada filtración en un parte de guerra ni cada artículo de prensa en una sentencia final. Pero sí podemos decir algo con prudencia: el régimen cubano parece estar entrando en una zona donde sus viejas maniobras —negar, acusar, victimizarse, resistir y esperar— podrían no ser suficientes.

La fórmula jurídica, política y militar que apareció en Venezuela no puede trasladarse mecánicamente a Cuba. Cada país tiene su historia, su geografía, su aparato represivo y su nivel de riesgo. Pero las piezas que se están moviendo —visita de alto nivel de la CIA, reportes de inteligencia sobre drones, posibles acusaciones penales, presión diplomática y advertencias públicas— sugieren que Washington está dejando cada vez menos espacio para el teatro habitual de La Habana.

Ojalá el régimen no escoja inmolarse. Ojalá entienda que hay momentos en que la soberbia deja de ser una pose ideológica y se convierte en una forma muy cara de estupidez. Porque si algo enseña la historia es que los imperios caen, los caudillos envejecen, los generales se equivocan y los servicios de inteligencia rara vez visitan una dictadura solo para tomar café.

De todas formas, vale la pena leer el artículo de Axios con calma. Quizá algunos en La Habana también deberían hacerlo. Tal vez así sientan esas mariposas en el estómago que no vienen del amor, sino del presentimiento.

Y cuando un régimen empieza a sentir mariposas, a veces ya no queda claro si está vivo, si está enfermo o si simplemente está esperando que alguien le firme el certificado de defunción.

José Rey Echenique

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