Me despertó esta mañana el sonido insistente de varias notificaciones de WhatsApp. Ese tintineo de campanitas digitales que, a las seis de la mañana, rara vez anuncia algo bueno. Nadie envía mensajes a esa hora para decir que el café quedó perfecto o que la humanidad, por fin, decidió comportarse con decencia.
Mi primera reacción fue pensar en un problema familiar. Por fortuna, no era nada relacionado con mi realidad inmediata. Pero lo que llegó a mis manos, si las imágenes son auténticas, pertenece a esa otra realidad más amplia, más brutal y más histórica: la del derrumbe de los regímenes que se creían eternos.
Alguien me hizo llegar fotografías, hasta cierto punto inéditas, de cubanos abatidos durante la llamada extracción de Maduro, el 3 de enero de 2026. Una operación que, de confirmarse en todos sus detalles, seguramente terminará estudiándose en las academias militares como una de las acciones más sorprendentes de la guerra moderna: una guerra ya atravesada por la inteligencia artificial, los drones, la precisión quirúrgica y el viejo miedo humano de toda la vida.
La censura de las redes sociales me impide compartir la crudeza de las imágenes. Y las fuentes, como bien se sabe, no se queman; bastante fuego hay ya en la historia como para andar echando gasolina sobre quienes todavía se atreven a contarla.
Las fotos, según me informan, provienen del interior del Fuerte Tiuna. En ellas se observan cuerpos de cubanos muertos, vehículos calcinados y una escena muy distinta a la épica solemne que la propaganda intenta vender con música marcial, consignas oxidadas y esa voz de locutor oficial que parece salida de un noticiero congelado en 1975.
Porque la propaganda del régimen, fiel a su costumbre, ha tratado de revestir el episodio con una grandeza que las imágenes no sostienen. Allí no hay epopeya. No hay mártires de mármol ni héroes iluminados por el sol del socialismo. Hay cuerpos, confusión, huida y miedo. El mismo miedo que durante décadas ellos administraron hacia abajo, pero que ahora parece haber subido por las escaleras del poder sin pedir permiso en la garita.
Llama la atención que muchos de los cubanos que aparecen en las imágenes no portaban armas visibles. Tal vez les fueron retiradas antes de tomar las fotos. Tal vez no. Ese detalle, como otros, tendrá que ser verificado con el tiempo. Pero hay algo que sí transmite la escena con una claridad incómoda: no parece haber allí una defensa organizada, sino una fuga desesperada. Una carrera inútil contra la metralla, dentro de las calles interiores del Fuerte Tiuna, vestidos con esos uniformes verde olivo que ya no producen respeto, sino cansancio histórico.
El uniforme verde olivo fue durante mucho tiempo el disfraz favorito del poder cubano. Con él se dieron discursos, se firmaron condenas, se inauguraron fracasos agrícolas, se explicaron apagones, se justificaron miserias y se prometieron futuros luminosos que siempre llegaban con la libreta de abastecimiento en la mano. Pero en estas imágenes, si algo queda claro, es que la tela del mito también se quema.
No hay estética en lo ocurrido. No hay romanticismo revolucionario. No hay Sierra Maestra, ni barbudos entrando triunfantes, ni discursos interminables bajo palmas reales. Lo que hay es el sonido seco de la historia cuando se le acaba la paciencia a la mentira.
El régimen cubano, por supuesto, mentirá. Mentir es su deporte nacional, su industria más estable y probablemente su producto de exportación más exitoso. Ha mentido sobre la economía, sobre la libertad, sobre la salud pública, sobre la represión, sobre el hambre, sobre los presos políticos y hasta sobre la felicidad obligatoria del pueblo. Si mañana se hunde el Malecón, dirán que fue una victoria hidráulica de la Revolución.
Pero a puerta cerrada, lejos de las cámaras y de los aplausos ensayados, seguramente la escena les habrá helado la sangre. Porque una cosa es mandar a otros al sacrificio desde un buró con aire acondicionado, y otra muy distinta es descubrir que el fuego también sabe subir hasta los pisos altos.
Por eso dudo mucho que La Habana permita alegremente una operación similar sobre su propio territorio sin antes intentar negociar una salida. Los jerarcas del régimen pueden hablar de resistencia, patria o muerte y continuidad, pero ninguno parece demasiado interesado en probar personalmente la parte de “muerte”. Para eso siempre han tenido pueblo, soldados, militantes y jóvenes confundidos. Ellos, en cambio, suelen reservarse el privilegio de la continuidad… preferiblemente en Rusia, con garantías, cuentas discretas y calefacción central.
Miguel Díaz-Canel debe estar haciéndose preguntas incómodas en sus monólogos interiores. Y no me refiero a esas preguntas simples que suele responder con frases prefabricadas, sino a las verdaderas: ¿qué lugar ocupo yo en esta ecuación cuando se acabe el miedo? ¿Quién me protege cuando ya no sirva como administrador de la ruina? ¿Qué ocurre con un hombre cuya principal virtud política ha sido obedecer?
Díaz-Canel no es el capitán del barco. Es, más bien, el empleado que heredó el timón cuando el barco ya tenía huecos por todas partes y la tripulación llevaba años achicando agua con consignas. Si el régimen entra en su fase final, él será probablemente de los primeros en buscar una tabla de salvación. Y si no la encuentra, intentará fabricar una con discursos reciclados.
Siempre lo he dicho: los individuos profundamente adoctrinados pueden parecer invencibles mientras el costo de su fanatismo lo paguen otros. Pero cuando el instinto de conservación entra en escena, muchas ideologías se vuelven sorprendentemente flexibles. El marxismo-leninismo, bajo amenaza personal, suele convertirse en pragmatismo migratorio.
La historia está llena de ejemplos. Los fanáticos resisten hasta que descubren que el martirio no incluye boleto de regreso. Entonces aparecen las negociaciones, los silencios, los contactos discretos, las maletas listas y esa súbita vocación diplomática que les nace a los tiranos cuando escuchan pasos en el pasillo.
La nación cubana no tiene un libro sagrado que defender a sangre y fuego. No tiene un idioma autóctono que reivindicar. No tiene una tierra prometida en el sentido bíblico del término. Cuba es una nación joven, mestiza, compleja, contradictoria y profundamente marcada por su geografía: un archipiélago situado a solo 90 millas del país más poderoso del mundo, dentro de lo que muchos expertos consideran el perímetro de seguridad geopolítica de Estados Unidos.
Esa realidad siempre estuvo ahí, aunque la propaganda intentara esconderla detrás de discursos sobre soberanía, imperialismo y dignidad. La geografía no lee el Granma. La economía tampoco. Y la historia, mucho menos.
El régimen de La Habana va camino a su final. Puede caer mañana, en unos días, en unos meses o después de otra maniobra desesperada. Pero lo esencial ya parece decidido: la estructura moral que lo sostenía está podrida, la economía está exhausta, la población está cansada y el miedo, que fue su columna vertebral, comienza a cambiar de dueño.
Una combinación de presión económica, política, diplomática y militar puede acelerar ese desenlace. Pero la caída del régimen no será el final del problema cubano. Será apenas el inicio de una tarea más difícil: reconstruir una nación después de décadas de obediencia, mentira y empobrecimiento planificado.
A los cubanos nos tocará reinventarnos. Y tendremos que hacerlo con inteligencia, memoria y humildad. Con la ayuda de Estados Unidos, sí, pero también con una profunda responsabilidad nacional. Porque ningún país se reconstruye solo con remesas, discursos o banderas nuevas. Se reconstruye con instituciones, justicia, trabajo, libertad y memoria.
Lo primero será levantar un monumento a las víctimas del comunismo y del socialismo en Cuba. No por venganza, sino por higiene moral. Porque un país que no honra a sus víctimas queda condenado a escuchar nuevamente los cantos de sirena de sus verdugos.
Las nuevas generaciones deben saber lo que ocurrió. Deben saber cómo se fabricó la mentira. Cómo se destruyó la iniciativa privada. Cómo se convirtió la pobreza en virtud. Cómo se llamó “bloqueo” a la incompetencia, “resistencia” al sometimiento y “revolución” a una finca familiar administrada por militares.
Cuba tendrá que abrir sus puertas al siglo XXI, sacudirse el polvo de los viejos himnos obligatorios y dejar de prestarle atención al gallo verde olivo. Porque ese gallo cantó demasiado tiempo, despertó a demasiados con miedo y jamás puso un solo huevo de prosperidad.
Quizás estemos viendo los últimos actos de una obra demasiado larga. Una obra trágica, absurda y cruel, donde los mismos que prometieron liberar al pueblo terminaron vigilándolo, empobreciéndolo y expulsándolo.
Pero toda función termina. Incluso las malas. Incluso las que duran más de sesenta años.
Y cuando baje el telón, ojalá Cuba no vuelva a confundir al verdugo con el héroe, ni al uniforme con la patria, ni a la propaganda con la verdad.
Porque después de tanta noche, ya va siendo hora de que amanezca.
José Rey Echenique
