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Trump, Cuba y el lenguaje de los oráculos modernos

Trump, Cuba y el lenguaje de los oráculos modernos

El presidente Donald Trump acaba de decir que estaría dispuesto a ayudar al pueblo de Cuba y añadió una frase que cayó sobre el exilio, la Isla y las redes sociales como una piedra lanzada a un panal: “Puedo arreglar Cuba, cambien o no el régimen”. 

Una sentencia que deja más dudas que certezas, pero que fue pronunciada en lo que me gustaría llamar “lenguaje Trump”.

Nada de esto es nuevo. En los últimos meses, desde que comenzó el remojo político con Venezuela, hemos tenido que convertirnos, a la fuerza, en expertos improvisados en traducción simultánea del trumpismo. Porque Trump no habla como un político tradicional; habla como un hombre que deja migas de pan en el bosque para que medio planeta salga después a interpretarlas como si fueran ramitas de arbustos rotas, o pistas que conducen hacia la garganta del mismísimo lobo.

Su estilo comunicativo —o comunicacional, para ser más exactos— se ha caracterizado por pequeñas apariciones aparentemente espontáneas. Dice Carlos Ruckauf, ex vice Presidente de Argentina, en la época de Carlos Menem, que nada de eso es improvisado y que todo está calculado previamente. Y la verdad, cuesta creer que un hombre capaz de mover mercados con una frase mal pronunciada, deje algo al azar.

Trump responde con frases cortas, ambiguas y difíciles de interpretar desde el punto de vista “radiológico”. Uno escucha diez segundos de declaraciones y necesita después un comité de analistas, dos psicólogos, y tres generales retirados, para intentar descifrar qué quiso decir realmente.

Cada vez que Trump habla, activa una montaña rusa de emociones que nos tiene consumiendo tilo y algunos toneladas de café.

Sin embargo, el objetivo de estas escenas apresuradas no parece ser esclarecer estrategias o tácticas, sino exactamente lo contrario. La confusión también es un arma. Y probablemente una bastante eficaz.

Creo que todo lo que está ocurriendo forma parte de lo que podríamos llamar el “Corolario Trump”: esa estrategia geopolítica de seguridad hemisférica que prioriza —remedando la vieja Doctrina Monroe, ahora en versión 2.0— la supremacía de Estados Unidos dentro del hemisferio occidental. Dentro de ese marco, Trump actúa más como comandante en jefe que como político convencional, y todo lo relacionado con América Latina parece pasar primero por el tamiz del Pentágono.

Tal vez estas declaraciones formen parte de una operación de guerra psicológica e informativa. Porque algo sí parece claro: si el régimen cubano baja la guardia, Trump podría intentar tragárselo vivo políticamente, como hizo con Maduro el 3 de enero, en una operación que todavía sigue levantando polvo, teorías y lastimando úlceras diplomáticas.

Las recientes noticias sobre la presunta posesión, por parte del régimen de La Habana, de alrededor de 300 drones, han encendido todavía más los ánimos. Y eso es apenas lo que se sabe. Porque si lograron introducir semejante cantidad de drones desde 2023, cualquiera sospecha que pueden existir otras lindezas escondidas bajo los basureros de una Habana que amenaza derrumbarse por fatiga estructural, ideológica y hasta espiritual.

A esto habría que sumarle las últimas sanciones anunciadas contra otros funcionarios y personajes del régimen, cuyos nombres sería demasiado aburrido enumerar aquí. Además, en Cuba los cargos cambian como los muebles del Palacio de la Revolución.

Como quiera que sea, en política el próximo paso nunca se anuncia. Y a nosotros no nos queda más remedio que especular, interpretar silencios y lanzar una moneda al aire para que el azar favorezca, de una buena vez, la libertad del sufrido pueblo cubano.

Esperemos solamente que nadie meta la mano antes de que la moneda caiga.

José Rey Echenique

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