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Cuba está sola: cuando las promesas de Washington chocan con el tiempo

Cuba está sola

Lo he repetido muchas veces y la frase, desgraciadamente, continúa teniendo sentido:

El pueblo de Cuba está solo.

El problema cubano, en su esencia, no resulta demasiado complicado de comprender. A veces hemos producido tantas teorías, interpretaciones geopolíticas y diagnósticos académicos que terminamos buscando la quinta pata al gato. Y el gato, mientras tanto, sigue sin electricidad.

Primero, Cuba vive bajo un régimen autoritario que durante más de seis décadas ha limitado las libertades políticas, perseguido la disidencia y mantenido un sistema de partido único.

Segundo, la sociedad cubana llega a 2026 profundamente deteriorada desde el punto de vista económico, social y demográfico.

La emigración, la baja natalidad y el envejecimiento han cambiado radicalmente la estructura de la población. Cuba comenzó 2026 con alrededor de 9,4 millones de habitantes y con una combinación preocupante de baja fecundidad, envejecimiento y saldo migratorio negativo.

A ello se suma una crisis energética que ya dejó de parecer una emergencia temporal para convertirse casi en una modalidad de vida. Durante agosto de 2026 se produjeron nuevos colapsos del Sistema Eléctrico Nacional y apagones prolongados durante varios días.

Cuando una sociedad comienza a organizar su existencia alrededor de los minutos en que aparece la electricidad, la crisis deja de ser solamente energética. Se convierte en una radiografía del Estado.

Un pueblo desarmado frente a un aparato organizado

A todo lo anterior habría que añadir una realidad fundamental: el ciudadano cubano común se encuentra frente a un aparato estatal que lleva aproximadamente 67 años perfeccionando sus mecanismos políticos, militares, policiales y de inteligencia.

No estamos hablando simplemente de un gobierno impopular.

Estamos hablando de un Estado de partido único, con organismos de seguridad especializados en vigilar, infiltrar y neutralizar la actividad política independiente.

Y esa diferencia importa.

Porque algunas de las explicaciones que hoy escuchamos parecen sugerir que los cubanos deberían organizarse, crear rápidamente un liderazgo nacional, articular una oposición perfectamente coordinada y enfrentarse al régimen.

Después de casi siete décadas de control político, exigir semejante estructura resulta parecido a talar un bosque durante 67 años y después preguntar, con cierta indignación, por qué no hay sombra.

Rusia, China y la dimensión internacional del régimen cubano

El régimen de La Habana tampoco ha sobrevivido dentro de una campana de cristal.

Durante décadas encontró apoyo económico, político, militar o diplomático primero en la Unión Soviética y posteriormente en diferentes aliados internacionales.

Actualmente, sus relaciones con Rusia y China forman parte también de las preocupaciones estratégicas de Washington.

La propia administración de Donald Trump ha acusado al Gobierno cubano de mantener cooperación militar y de inteligencia con ambas potencias y ha presentado esa relación como una cuestión de seguridad nacional para Estados Unidos.

Podemos discutir el alcance de esas acusaciones —y debemos hacerlo—, pero resulta imposible afirmar que Washington haya tratado el asunto cubano durante 2026 como una cuestión secundaria.

Todo lo contrario.

Washington construyó sus propias expectativas

Aquí llegamos a un punto esencial.

¿Necesita el pueblo cubano ayuda internacional para salir de esta pesadilla?

Creo que sí.

¿Necesita particularmente el apoyo de Estados Unidos, la potencia democrática más cercana y el país con mayor capacidad para influir sobre los acontecimientos cubanos?

También creo que sí.

Pero hay otra pregunta mucho más incómoda:

¿Fue realmente el pueblo cubano quien creó las expectativas de una acción decisiva de Estados Unidos?

No completamente.

Buena parte de esas expectativas fueron alimentadas por la propia política de Washington.

La administración Trump ha presentado públicamente al régimen cubano como una amenaza para la seguridad nacional estadounidense y ha endurecido progresivamente las medidas económicas y diplomáticas contra La Habana.

Por tanto, cuando después se pregunta por qué tantos cubanos interpretaron esas declaraciones como señales de que algo importante podía ocurrir, convendría recordar quién colocó primero las luces sobre el escenario.

Y no fueron precisamente los vecinos de Centro Habana.

El informe de Marco Rubio: Cuba, la capital del comunismo en el siglo XXI

El 20 de julio de 2026, el Departamento de Estado publicó un extenso documento titulado:

Cuba: The Capital of 21st Century Communism
Cuba: la capital del comunismo en el siglo XXI.

El informe, difundido bajo la dirección del secretario de Estado Marco Rubio, presenta al régimen cubano como una amenaza para los intereses estadounidenses y repasa décadas de actividades de inteligencia, espionaje, infiltración política e influencia ideológica atribuidas a La Habana.

El documento acusa al Gobierno cubano de intentar socavar y desestabilizar a Estados Unidos mediante operaciones de inteligencia y redes de influencia.

Estas son acusaciones del Gobierno estadounidense; Cuba las rechaza y afirma que Washington está construyendo una justificación política para incrementar la presión sobre la isla.

Pero precisamente ahí aparece una contradicción que merece atención.

Si Washington considera realmente que el régimen cubano constituye una amenaza extraordinaria para su seguridad nacional, entonces la política hacia Cuba deja de ser exclusivamente un asunto de solidaridad con los cubanos.

Se convierte, según los propios argumentos de Washington, en un asunto estadounidense.

Y eso cambia considerablemente la discusión.

No se puede fabricar una amenaza y después fingir que no existe

Aclaro algo porque considero que la independencia intelectual comienza precisamente cuando uno es capaz de criticar aquello por lo que votó:

voté por Donald Trump y voté republicano.

Eso no significa que deba aplaudir cada decisión de su administración.

La lealtad política sin capacidad crítica termina convirtiéndose en una especie de matrimonio medieval: uno promete obediencia incluso cuando el castillo se está incendiando.

Si el Departamento de Estado dedicó recursos públicos a documentar durante casi cien páginas que Cuba representa una amenaza para Estados Unidos; si la Casa Blanca declaró oficialmente en enero de 2026 que las acciones del Gobierno cubano constituyen una amenaza «inusual y extraordinaria» para la seguridad nacional y la política exterior estadounidense; y si posteriormente se adoptaron nuevas sanciones contra funcionarios y entidades vinculadas al aparato cubano, entonces existe una responsabilidad política frente al contribuyente estadounidense.

La pregunta es legítima:

¿Qué política concreta se deriva de semejante diagnóstico?

Porque no resulta coherente describir durante meses un incendio y después explicar que los vecinos deberían organizar mejor sus cubos de agua.

La ausencia de una oposición poderosa no puede utilizarse contra los cubanos

También debemos responder a otra narrativa que comienza a aparecer: Cuba carecería de un liderazgo opositor suficientemente organizado para asumir una transición.

Eso puede contener parte de verdad.

Pero utilizarlo como reproche contra los cubanos ignora cómo funciona precisamente un régimen totalitario.

Durante décadas, el sistema cubano ha perseguido, encarcelado, exiliado, fragmentado o vigilado a buena parte de quienes intentaron construir alternativas políticas independientes.

Por tanto, preguntarse 67 años después dónde está la gran estructura opositora nacional equivale, otra vez, a pedir peras al olmo.

El problema no es solamente que la oposición no haya logrado consolidarse.

El problema es que impedir esa consolidación ha sido precisamente una de las funciones del aparato de seguridad cubano.

Un régimen que continúa pensando con categorías del siglo XX

El régimen de La Habana conserva muchos de los códigos políticos del comunismo del siglo XX: verticalidad, disciplina partidista, protagonismo militar, culto a la continuidad revolucionaria y subordinación del individuo al proyecto político.

Fidel Castro murió en 2016.

Raúl Castro abandonó formalmente la dirección del Partido Comunista en 2021.

Sin embargo, el sistema construido alrededor de ambos continúa funcionando.

Ahí reside una de las peculiaridades del castrismo: consiguió convertir la permanencia en una institución.

Los dirigentes envejecen; el método permanece.

Desde su origen revolucionario, el régimen ha mantenido además una relación complicada con cualquier apertura política que pueda interpretarse como pérdida de control.

Por eso resulta ingenuo imaginar que una democratización profunda aparecerá espontáneamente mediante una iluminación administrativa en alguna reunión del Buró Político.

Los sistemas cerrados rara vez desarrollan vocación democrática por aburrimiento.

¿Y quién gobernaría Cuba después?

Otra pregunta aparece recurrentemente:

¿Quién gobernaría Cuba si mañana desapareciera el régimen?

Es una pregunta legítima.

Pero no es un argumento suficiente para justificar la permanencia de una dictadura.

Estados Unidos lleva décadas estudiando escenarios políticos, económicos y de seguridad relacionados con Cuba. Organismos gubernamentales estadounidenses han producido una enorme cantidad de información sobre la geografía, economía, fuerzas armadas, instituciones y dirigentes cubanos.

Sería difícil imaginar que, después de más de seis décadas de confrontación entre Washington y La Habana, ningún gobierno estadounidense haya contemplado escenarios de transición.

Naturalmente, disponer de informes y planes de contingencia no significa poder garantizar una transición ordenada.

Ahí conviene evitar las fantasías.

La caída de un régimen autoritario no produce automáticamente una democracia liberal, instituciones eficientes y supermercados abastecidos a las ocho de la mañana siguiente.

Una transición cubana sería compleja.

Pero complejidad no significa imposibilidad.

Después de Maduro, Cuba volvió al centro del escenario

La operación estadounidense que terminó con la salida de Nicolás Maduro del poder en Venezuela en enero de 2026 modificó profundamente el tablero regional.

Cuba perdió a uno de sus principales aliados económicos y energéticos.

Desde entonces, la palabra Cuba comenzó a escucharse con mucha mayor frecuencia en Washington.

La administración Trump incrementó la presión económica; Marco Rubio endureció su discurso; se publicaron nuevas sanciones y el Departamento de Estado continuó presentando al régimen cubano como una amenaza para Estados Unidos.

Todo parecía indicar que el reloj político comenzaba a correr más rápido.

Pero entonces apareció otro factor.

Irán cambió los tiempos

Irán absorbió atención, recursos y capital político estadounidense.

Y en política internacional el tiempo es una variable decisiva.

Mi impresión es que la cuestión iraní retrasó considerablemente cualquier escenario más ambicioso respecto a Cuba.

Ese retraso beneficia a La Habana.

Porque los regímenes autoritarios poseen una habilidad extraordinaria para sobrevivir esperando.

Han aprendido que las democracias celebran elecciones, cambian prioridades, discuten presupuestos y se distraen con nuevas crisis.

Ellos solamente necesitan resistir.

Por eso, respecto a Cuba, Trump quizá ya no controle completamente los tiempos.

Y en cualquier conflicto, político o militar, quien consigue controlar el tiempo obtiene una ventaja extraordinaria.

No culpemos otra vez al pueblo cubano

Puede existir una negociación detrás del telón.

Puede haber contactos que desconocemos.

Puede que dentro de Washington algunos consideren que una acción más contundente contra el régimen cubano no genera suficientes beneficios electorales.

Puede incluso que existan razones estratégicas legítimas para actuar con prudencia.

Todo eso es posible.

Lo que no considero aceptable es trasladar nuevamente la responsabilidad al pueblo cubano.

Un pueblo envejecido, empobrecido, dividido por la emigración y sometido durante décadas a un aparato político y de seguridad no puede ser responsabilizado ahora por no haber construido, dentro de ese mismo sistema, una alternativa perfectamente organizada.

Sería exigirle a la víctima que, además de sobrevivir al naufragio, presente el plano del próximo barco.

¿Ya pasó el carnaval de Trump respecto a Cuba?

Entonces queda una última pregunta.

¿Podemos decirle a Donald Trump que su carnaval con respecto a Cuba ya pasó?

Todavía no.

La presión sobre La Habana continúa. Las sanciones se han incrementado y el discurso oficial estadounidense sigue siendo extraordinariamente duro.

Pero el tiempo transcurre.

Y quizá la comparsa ya no suene con la intensidad que muchos cubanos imaginaron hace algunos meses.

Puede que todavía escuchemos los tambores.

Puede incluso que aparezca alguna sorpresa.

Pero cada día parece menos probable que encontremos la avenida cubierta de serpentinas y fuegos artificiales.

Mientras Washington calcula, La Habana resiste.

Y en medio de ambos continúa el mismo protagonista de esta historia:

el pueblo de Cuba.

Un pueblo que no necesita nuevas explicaciones sobre por qué debería liberarse.

Necesita oportunidades reales para poder hacerlo.

Y, por ahora, continúa demasiado solo.

Fuentes

  • Departamento de Estado de Estados Unidos — informes sobre derechos humanos en Cuba.
  • Casa Blanca — Orden Ejecutiva del 29 de enero de 2026 sobre las amenazas atribuidas al Gobierno de Cuba.
  • Departamento de Estado — Cuba: The Capital of 21st Century Communism, publicado el 20 de julio de 2026.
  • Casa Blanca — sanciones del 1 de mayo de 2026 contra funcionarios y entidades vinculadas al régimen cubano.
  • Departamento de Estado — nuevas sanciones del 13 de julio y 6 de agosto de 2026.
  • Oficina Nacional de Estadística e Información de Cuba y publicaciones oficiales sobre la situación demográfica.
  • Reuters, Associated Press y EFE — cobertura de la crisis energética cubana de agosto de 2026.

José Rey Echenique

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