Calificar de embarazosa la reciente comparecencia del canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla frente a las cámaras de ABC, bajo la conducción de Whit Johnson, sería un eufemismo. Aquello no fue una entrevista: fue una autopsia en vivo de la narrativa revolucionaria.
La falta de preparación del señor canciller quedó expuesta no solo por su incapacidad para articular ideas en un inglés más que accidentado —un inglés con muletas, yeso y pronóstico reservado—, sino por la ausencia de respuestas efectivas ante preguntas bastante directas. Cualquiera podría alegar la barrera del idioma, y hasta cierto punto sería un argumento válido. Pero lo ocurrido en Good Morning America dejó ver una carencia mucho más profunda: no era solo un problema lingüístico, era un problema de fondo. Bruno no se quedó sin palabras por culpa del inglés; se quedó sin palabras porque la mentira, cuando se la interroga en serio, necesita traductor, escolta y oxígeno.
Bruno Rodríguez, además de fungir como canciller del régimen de La Habana, terminó convertido, ante la opinión pública internacional, en mensajero involuntario del temor profundo que se respira en los pasillos grises del poder cubano. Yo vi a un hombre que tartamudeaba; a un funcionario traicionado por su propio subconsciente; a un individuo que no podía esconder el grado de desmoralización en que se encuentra la llamada Revolución Cubana. Vi en su rostro, mientras buscaba palabras para defender una posición ideológica agotada, algo más que nerviosismo: vi el cansancio histórico de una mentira demasiado vieja.
Bruno Rodríguez no pudo responder con claridad cuando Johnson le preguntó qué temía que ocurriera si los cubanos pudieran votar libremente. Su respuesta fue: “Usted está presentando un prejuicio”. Una frase que sonó menos a argumento y más a botón de emergencia. Es el viejo truco de la escuela castrista: cuando no puedes responder, acusa; cuando no puedes explicar, denuncia; cuando no puedes sostener la realidad, cámbiale el nombre y declárala enemiga de la patria.
Esa práctica lleva demasiado tiempo funcionando dentro de Cuba. Para los cubanos no es nada extraño. Mentir con solemnidad ha sido durante décadas una especie de deporte oficial del régimen, con medallas, himno y transmisión obligatoria. Pero ahora el escenario es distinto. Una cosa es manipular a una población reprimida, sin prensa libre y bajo vigilancia permanente, y otra muy diferente es intentar vender el mismo libreto frente a una cámara estadounidense, en horario internacional, con un periodista haciendo preguntas incómodas y sin un Comité de Defensa de la Revolución al lado para aplaudir.
La narrativa revolucionaria se ha ido de bruces. El colapso de Cuba es tan evidente que ya la propaganda no alcanza para maquillarlo. Los apagones, la escasez, la emigración masiva, el deterioro social y la ausencia de liderazgo han amplificado ante el mundo el fracaso del Partido Comunista y del modelo socialista cubano. La llamada “Continuidad” terminó siendo eso: la continuidad del desastre, la continuidad de la cola, la continuidad del apagón, la continuidad del discurso hueco y la continuidad de un país que se desangra mientras sus dirigentes hablan de resistencia desde salones climatizados.
Bruno ya había intentado defenderse reinterpretando el concepto de democracia “a la cubana”, una especie de receta política donde el pueblo vota, pero solo si vota por lo que el poder permite; donde hay Parlamento, pero sin pluralidad real; donde hay Constitución, pero sin derechos efectivos; donde hay elecciones, pero no alternancia. Es decir, una democracia de utilería, como esos muebles de cartón que se ven bien en televisión hasta que alguien intenta sentarse encima.
Aquello dejó perplejo al reportero Johnson. Y no era para menos. Una cosa es negar la realidad; otra, más atrevida, es deconstruirla con conceptos que insultan la inteligencia de cualquier persona con conocimientos básicos de política. La historia atribuye al rey Luis XIV de Francia la frase: L’État, c’est moi —“El Estado soy yo”—. Pero en el caso cubano, ni siquiera esa arrogancia monárquica alcanza para describir el delirio totalitario. En Cuba, la fórmula sería algo más absurda: “La realidad soy yo”. Una frase digna de un régimen que pretende decidir no solo lo que el ciudadano puede decir, sino también lo que debe ver, pensar, recordar y hasta sufrir.
La insolencia de los funcionarios cubanos ha llegado durante años a esos excesos. Dentro de las fronteras nacionales, nada de esto sorprende: allí el absurdo tiene carné, oficina y horario laboral. Pero frente a la televisión estadounidense, sin consignas de fondo ni aplausos fabricados, el espectáculo adquiere otra dimensión. El traje diplomático no alcanzó para cubrir la desnudez del argumento.
Bruno Rodríguez Parrilla no pudo disimular. Hay una frase que dice que uno habla más de lo que cree, menos de lo que sabe y otra cosa distinta de lo que intenta decir. En el caso del canciller cubano, cada pausa, cada titubeo y cada mirada perdida parecían decir mucho más que sus palabras. Al parecer, en el subconsciente del poder, la Revolución Cubana ya cayó; el socialismo fracasó; la épica se agotó; y la familia Castro, aunque todavía proyecte sombra, ya pertenece más al archivo del miedo que al futuro de la nación.
Bruno anunció, sin quererlo, la muerte simbólica de la Revolución Cubana con cada palabra fallida que intentó pronunciar. No fue una declaración oficial, por supuesto. Los regímenes no anuncian su derrumbe en conferencia de prensa. Primero pierden el respeto, luego la narrativa, después el miedo ajeno y finalmente el poder. En esa entrevista, al menos dos de esas piezas parecieron caerse al suelo.
Es muy probable que después de este fiasco de dimensiones diplomáticas —y casi terapéuticas para quienes llevamos años escuchando los mismos discursos reciclados— el canciller enfrente consecuencias internas. O tal vez no. En los regímenes cerrados, fracasar no siempre se castiga si el fracaso fue en defensa de la mentira oficial. A veces, incluso, se premia con otra misión imposible, otro cargo gris o alguna medalla con nombre de mártir.
Pero también puede ocurrir algo más importante. Tal vez estemos ante una señal de época. Tal vez el miedo haya empezado a cambiar de bando. Tal vez la tan ansiada libertad que muchos cubanos esperan desde hace décadas esté más cerca de lo que imaginan los burócratas del desastre. A lo mejor, en pocas semanas, o en pocos meses, la nación cubana pueda ser sorprendida por acontecimientos irreversibles.
Cuba merece algo más que consignas oxidadas, apagones interminables y funcionarios que tartamudean cuando la realidad les pregunta de frente. Cuba merece ver, por fin, la luz al final de su propia historia.
José Rey Echenique
