Cuba, propaganda y miedo: la jaula invisible del castrismo
Cuando llegué a Honduras, en mi travesía hacia Estados Unidos, hace más de una década, entendí muchas cosas que dentro de los muros de la Cuba castrista resultaban casi imposibles de comprender.
Por lo menos en aquella época, el gobierno hondureño era bastante generoso con los emigrantes que hacíamos estancia en Tegucigalpa, a la espera de un salvoconducto para continuar el viaje sin mayores sobresaltos migratorios dentro de las fronteras del país. Uno, que venía de una isla donde hasta respirar parecía necesitar permiso, descubría de pronto que en otros lugares el Estado no siempre aparecía con cara de inspector.
Allí conocí al teniente coronel Silvino, un hombre de mediana estatura, algo canoso, robusto, con poses marciales bastante acentuadas por su entrenamiento militar. Era afable, extrovertido y no escondía sus aspiraciones políticas futuras. En medio de una conversación, recuerdo que narraba detalles de la guerra entre Honduras y El Salvador, conflicto en el que había participado y del cual yo, en ese momento, sabía poco o nada. La llamada Guerra del Fútbol ocurrió en julio de 1969, aunque sus causas fueron mucho más profundas que un partido de eliminatoria mundialista.
El coronel Silvino no podía entender cómo era posible que, tantos años después, los cubanos no hubiéramos tomado una decisión radical contra Fidel Castro.
—Se hubiesen evitado tener que cruzar tantas fronteras para llegar a Estados Unidos —me dijo.
La frase era brutal, pero encerraba una lógica externa. Sin embargo, Silvino no entendía —y muchos extranjeros tampoco lo entienden— que vivir dentro de una sociedad cerrada como Cuba no es vivir dentro de un país normal con un gobierno malo. Es vivir dentro de una estructura totalitaria donde las opciones de rebelión se reducen considerablemente, porque la contrainteligencia no solo penetra las instituciones: también penetra los barrios, los centros de trabajo, las escuelas y, en no pocos casos, las propias familias.
En Cuba, la sospecha no toca la puerta: ya está sentada en la sala.
El extranjero mira a Cuba y no entiende la obediencia
Con los años, pude aclarar por qué a muchos extranjeros les resulta tan difícil comprender el nivel de sumisión al que ha llegado buena parte del pueblo cubano. Ven la pobreza, los apagones de más de veinte horas, la escasez, la represión, la ruina nacional, y se preguntan: “¿Por qué no se rebelan todos a la vez?”.
La pregunta parece lógica desde fuera. Desde dentro, la respuesta es más amarga.
El problema del pueblo cubano no es solo el sistema extremo de vigilancia, ni la ausencia de armas, ni el aparato represivo. Todo eso pesa, por supuesto. Pero hay otro elemento más profundo, más silencioso y más letal: el efecto acumulado de la propaganda sobre varias generaciones.
La propaganda no solo convence. También cansa, confunde, domestica, paraliza. Y cuando se aplica durante décadas, no necesita gritar todos los días: le basta con dejar instalado un policía en la conciencia.
La propaganda antes de 1959: la semilla estaba sembrada
Mucho antes de que los comunistas llegaran al poder en Cuba en 1959, la penetración ideológica ya estaba en marcha. Lenin le dio enorme importancia a la propaganda, la clandestinidad, la prensa y la organización política desde los primeros años del movimiento revolucionario. Su obra ¿Qué hacer?, publicada en 1902, ya planteaba la necesidad de un periódico político como instrumento de organización y agitación.
No era solo imprimir papeles. Era imprimir obediencias.
La propaganda, la clandestinidad y la imprenta jugaron un papel protagónico en la expansión de los partidos comunistas y en su penetración dentro de distintos estratos sociales. Allí donde no podían llegar con tanques, llegaban con consignas. Y hay consignas que, repetidas lo suficiente, terminan pareciendo verdades; o peor aún, terminan pareciendo sentido común.
Sesenta y siete años de bombardeo mental
Sesenta y siete años sometidos a la estructura propagandística del Partido Comunista de Cuba se dicen fácil. Pero no son solo años: son generaciones completas educadas bajo una misma narrativa, una misma épica oficial, una misma mentira administrada con horario de noticiero.
Desde 1959 hasta 2026, el castrismo no solo ha controlado instituciones. Ha intentado controlar la forma en que el cubano interpreta la realidad. Y uno de los mayores éxitos de toda maquinaria propagandística consiste precisamente en lograr que el individuo no se dé cuenta de que está siendo gestionado por ella.
La propaganda más eficaz no siempre es la que te obliga a repetir una consigna. A veces es la que te enseña a no hacerte ciertas preguntas.
No por gusto al general Dwight D. Eisenhower se le atribuye la idea de que la opinión pública gana guerras. Durante la Segunda Guerra Mundial, bajo su mando se lanzaron miles de millones de volantes en los teatros europeo y mediterráneo como parte de operaciones psicológicas aliadas.
El castrismo entendió esa lección a su manera: si la opinión pública gana guerras, entonces había que ocupar la opinión pública antes de que el ciudadano pudiera formarla por sí mismo.
El miedo como método de gobierno
Sin duda, cuando Cuba sea libre, la propaganda del régimen deberá ser objeto de estudios académicos serios. No por nostalgia, sino por prevención. Hay que entender cómo una sociedad completa pudo ser sometida durante tanto tiempo a un sistema donde la mentira no fue un accidente, sino una política de Estado.
El castrismo utilizó el miedo, las falacias, la manipulación de hechos históricos, la propaganda de atrocidad, el rumor, la desinformación, el chisme político y las redes de intriga. Todo eso fue servido diariamente por la televisión, la radio, los carteles, las escuelas, los actos políticos y, en los últimos años, también por las redes sociales.
Recuerdo a una auxiliar docente de mi escuela primaria diciendo que en Estados Unidos mataban niños y los metían en latas de carne rusa. La frase, vista desde hoy, parece un disparate digno de una película soviética escrita por un guionista con fiebre. Pero en aquel contexto funcionaba: sembraba miedo, alimentaba odio y convertía al enemigo en monstruo.
La propaganda de atrocidad no necesita ser creíble para un adulto racional. Le basta con impresionar a un niño.
Internet rompió parte de la jaula
Gran parte de la pérdida de poder del Partido Comunista sobre los individuos dentro de Cuba se debe a la aparición de internet, las computadoras, los teléfonos inteligentes y las redes sociales.
Por primera vez en décadas, millones de cubanos pudieron comparar. Y comparar, en una dictadura, es casi un acto subversivo.
La comparación entre las sociedades libres del exterior y la realidad totalitaria de la isla ha permitido que muchos salgan de esa jaula de percepción en la que vivieron varias generaciones. Antes, el régimen podía decir que afuera todo era caos, explotación y niños enlatados. Ahora basta un teléfono para comprobar que el mundo, con todos sus problemas, no se parece demasiado al infierno administrativo que describía el noticiero nacional.
La vida diaria también ha hecho su parte. La miseria educa a golpes. Los apagones, las colas, la inflación, la falta de medicamentos, el deterioro de los hospitales, el transporte en ruinas y el cansancio colectivo han ido perforando la narrativa oficial.
Pero la propaganda todavía cumple una función: evita que muchas personas transformen el malestar concreto en reclamo político total.
El bloqueo como coartada agotada
La propaganda del bloqueo económico por parte de Estados Unidos, presentada durante décadas como explicación universal de todos los males cubanos, ha perdido mucha fuerza dentro y fuera de Cuba.
Durante años, el régimen utilizó ese argumento como una especie de llave maestra: abría cualquier conversación y cerraba cualquier responsabilidad. ¿No hay comida? El bloqueo. ¿No hay medicinas? El bloqueo. ¿No funciona la agricultura? El bloqueo. ¿Se cayó un edificio? Seguramente también el bloqueo, disfrazado de humedad.
Pero la desmoralización del régimen de La Habana ya es evidente. Lo que antes sonaba como explicación, hoy suena cada vez más como excusa gastada.
Aun así, muchos cubanos sienten pudor en declararse abiertamente contrarrevolucionarios o de derechas. Incluso fuera de Cuba, algunos se ruborizan cuando alguien lo hace. Dentro de la isla, por supuesto, una declaración pública de ese tipo puede convertirse en una condena social, laboral y represiva. Fuera de Cuba, muchos prefieren callar por miedo a no poder regresar a su país.
Ese temor, que viaja dentro del pasaporte y se sienta junto al exiliado en el avión, es uno de los mayores triunfos de la propaganda castrista.
“Dentro de la Revolución, todo…”
La frase de Fidel Castro en Palabras a los intelectuales, pronunciada en 1961, resumió con claridad quirúrgica los límites permitidos por el poder: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.
Pocas frases han sido tan útiles para explicar la cárcel mental del castrismo.
El mensaje era sencillo: usted puede pensar, crear, escribir, cantar, pintar y hasta respirar, siempre que lo haga dentro del corral ideológico. Fuera de ahí, nada. Ni arte, ni discrepancia, ni ciudadanía. Nada.
El Estado se convirtió en un inmenso papá autoritario, de esos que dicen “esto es por tu bien” mientras guardan el cinturón detrás de la espalda. Y la propaganda se encargó de presentar esa tutela como protección, esa censura como defensa cultural, esa obediencia como virtud revolucionaria.
La acción contra el sobrepensamiento
La única forma en que la propaganda empieza a perder efecto es cuando el individuo rompe la parálisis del miedo. No hablo necesariamente de grandes gestas heroicas ni de discursos inflamados en una plaza. A veces la acción comienza con algo más sencillo: decir la verdad en voz alta, negarse a repetir una mentira, ayudar al vecino, grabar un abuso, acompañar a una madre que protesta, dejar de fingir entusiasmo.
La propaganda explota los miedos que ya existen en la psiquis humana. El cerebro, diseñado para mantenernos vivos, suele preferir que nos quedemos tranquilos en casa. La zona de confort, incluso cuando es incómoda, parece más segura que el riesgo.
Por eso la propaganda exagera las consecuencias de actuar. Su objetivo es que el ciudadano piense demasiado, calcule demasiado, tema demasiado y, al final, no haga nada.
La acción cívica es el antídoto contra esa maquinaria de parálisis.
Intelectuales, prensa y la estética de la miseria
La intelectualidad cubana, en buena parte, ha sido uno de los factores de culturización de la miseria. Durante décadas, ciertos sectores se dedicaron a darle apariencia de normalidad, profundidad e incluso belleza a la infamia del sistema comunista cubano.
No solo eso. Junto a la prensa oficial y los departamentos de propaganda del Partido Comunista, produjeron toneladas de literatura para racionalizar lo irracional. Ensayos, discursos, canciones, novelas, editoriales, documentales y consignas sirvieron para vestir de épica lo que muchas veces no era más que ruina con banda sonora.
Algún día, cuando Cuba pueda mirarse al espejo sin que el espejo esté intervenido por el Departamento Ideológico, habrá que revisar todo ese material. No para quemarlo físicamente, sino para llevarlo a la hoguera simbólica de la crítica, esa donde las mentiras no arden con fuego, sino con memoria.
La libertad como cuestión civilizatoria
Imagínense los estragos que ha provocado la propaganda en los cubanos durante sesenta y siete años. Muchos lo entendemos. Otros lo sospechan. Algunos todavía no se han percatado del daño profundo causado por la ideología comunista. Y habrá quienes, tristemente, morirán sin entender nada.
La mayoría de los cubanos que vivimos el socialismo real —y quienes aún lo padecen dentro de la isla— sabemos que, en la realidad carcelaria de Cuba, cualquier disidencia puede convertirse en una sentencia de por vida: una condena a existir a medias, bajo vigilancia, sospecha y castigo.
La liberación del pueblo cubano pasa también por liberarse del miedo. Y esa liberación no será únicamente política. Será mental, cultural, moral y espiritual.
Porque la libertad de Cuba no es una simple necesidad histórica. No es solo un cambio de gobierno, ni una reforma económica, ni una bandera nueva ondeando sobre edificios viejos.
La libertad de Cuba es una cuestión de vida o muerte civilizatoria.
Y ya va siendo hora de que el miedo deje de gobernar como si hubiera ganado elecciones.
José Rey Echenique
Fuentes de verificación editorial
Para esta edición se verificaron datos históricos relacionados con la Guerra del Fútbol entre Honduras y El Salvador, la publicación de ¿Qué hacer? de Lenin, el discurso Palabras a los intelectuales de Fidel Castro y referencias a las operaciones psicológicas bajo el mando de Eisenhower durante la Segunda Guerra Mundial.
