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La oposición cubana y el misterio de los 20 millones perdidos en combate… contra la inercia


En Cuba, el pueblo ya hizo el diagnóstico hace rato. El problema no es falta de hambre, ni de apagones, ni de razones para protestar. El problema es que, mientras la gente se lanza a la calle con el valor desnudo y el miedo tragado a la fuerza, buena parte de la llamada “oposición profesional” parece seguir atrapada en un eterno seminario de PowerPoint sobre la libertad.

El cubano de a pie protesta porque no aguanta más. Porque no hay comida. Porque no hay luz. Porque no hay futuro. Porque vivir en Cuba se ha convertido en una mezcla de reality show soviético y castigo bíblico con tarifa eléctrica incluida.

Pero el pueblo protesta solo, por instinto, casi por reflejo biológico. Y ahí está el gran vacío: la ausencia de dirección, coordinación y estrategia.

Porque seamos sinceros: una protesta aislada en un barrio, por muy heroica que sea, termina aplastada por un aparato represivo que sí está organizado. La Seguridad del Estado no improvisa; tiene mando, logística, transporte, combustible y hasta mejor comunicación que ETECSA. Mientras tanto, muchos opositores parecen administradores de un museo de consignas antiguas.

El resultado es dolorosamente evidente: el pueblo sale, grita, corre, cae preso… y después todo vuelve al mismo punto muerto. Como un boxeador lanzando golpes al aire con los ojos vendados. Llega un momento en que el cansancio reemplaza la esperanza.

Y aquí entra la pregunta incómoda, esa que muchos evitan porque puede afectar el ecosistema de conferencias, grants y viajes académicos:

¿Dónde está la oposición?

No la oposición romántica de las entrevistas por Zoom. No la oposición literaria que redacta manifiestos kilométricos desde un café con Wi-Fi extranjero. Hablo de la oposición real; la que se mete dentro de la multitud, organiza, guía y convierte la rabia popular en presión política concreta.

Durante años, el Congreso de Estados Unidos ha destinado alrededor de 20 millones de dólares para programas relacionados con la libertad de Cuba. Veinte millones. Una cifra que sale del bolsillo del contribuyente norteamericano; ese mismo ciudadano de Ohio que quizás no sabe ubicar a Cuba en el mapa, pero termina financiando una causa que otros administran con una tranquilidad franciscana.

Y la pregunta vuelve como un boomerang:

¿En qué se traduce realmente ese dinero dentro de la isla?

Porque si la respuesta sigue siendo más talleres, más paneles, más diagnósticos y más “espacios de reflexión”, entonces estamos frente al primer movimiento revolucionario del planeta que murió aplastado por exceso de webinars.

Ya pasamos la etapa de las denuncias eternas. El mundo sabe perfectamente lo que ocurre en Cuba. El expediente está completo desde hace décadas. La represión está documentada. La miseria está filmada. Las cárceles tienen nombre y apellido.

Ahora lo esencial es la acción.

La huelga es acción. La coordinación es acción. La organización territorial es acción. Hablarle al pueblo en lenguaje real, y no en jerga de ONG internacional, también es acción.

Porque la libertad de Cuba no es un poema. No es una mesa redonda en un hotel de cuatro estrellas. No es una tesis doctoral sobre transición democrática. La libertad de Cuba es algo brutalmente concreto: resolver problemas reales para personas reales.

Mientras tanto, el régimen sí entiende algo fundamental: el poder no se conserva con discursos, sino con estructura, control y miedo organizado.

Por eso resulta demasiado cómodo dejarle todo a Washington, esperando que un marine norteamericano venga a resolver el desastre histórico cubano mientras muchos líderes opositores observan el proceso desde una prudente distancia estratégica.

Hay que decirlo claramente: ningún país serio va a derramar sangre por una nación cuya propia dirigencia opositora no parece dispuesta a asumir riesgos equivalentes.

Y aquí es donde aparece la palabra más peligrosa de todas: responsabilidad.

Responsabilidad para actuar.
Responsabilidad para organizar.
Responsabilidad para dejar la comodidad del discurso perpetuo.
Y, si no se va a actuar, al menos responsabilidad para ofrecer una explicación honesta.

Porque el pueblo cubano merece respeto.
Y el contribuyente estadounidense también.

Ya es hora de menos simposios y más compromiso.
Menos retórica reciclada y más presencia en la calle.
Menos grants y más liderazgo.

Porque la historia no cambia con comunicados.
La historia cambia cuando alguien deja de administrar la indignación… y decide conducirla.

José Rey Echenique

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